Mis queridos amigos:
En estos días nos han preguntado: "¿Qué estabais haciendo cuando las torres gemelas del World Trade Centre se estrellaron contra el suelo?" En mi caso, yo estaba sentado en mi estudio, hablando con John Peterson, Secretario General de la Comunión, cuando Eillen entró y con aspecto de angustia dijo: "un avión se acaba de estrellar contra el World Trade Centre!"
Aún hoy, resulta complicado echar la vista atrás y recordar los acontecimientos de ese día. ¿Qué caras fueron las que vimos entonces? Puede que del temible terrorismo que utiliza el Islam para atemorizar a una gran nación... Damos gracias a Dios porque América no se haya acobardado por tal acción. Otra cara que vimos fue la de la generosidad y el heroísmo, la de la compasión al rescatar a tantos de su trágico final. Vimos la pena y la desolación, pero también la determinación de que mal no prevaleciera.
En el momento de escribir este mensaje, las fuerzas aliadas intentan encontrar a Osama Bin Laden en su escondite en Afganistán. Entretanto, nosotros podemos contemplar diversos puntos de vista sobre los medios que resultan tan claros para los culpables. El mundo no estará a salvo hasta que tales individuos esté bajo el manto de la justicia.
En realidad no podemos ni imaginar la mentalidad de una persona que es capaz de secuestrar un avión y utilizarlo como un misil teledirigido para destruir. Tampoco podemos entender una teología que asume tales crímenes como un modo de acceder al paraíso. Es vital que los líderes musulmanes cambien esta distorsión del islamismo con urgencia.
Pero, hay otro tema que parece haberse obviado en el presente debate. Nuestras sociedades tan a menudo consumistas, cada vez más seculares parece que no pueden asimilar que haya gente preparada para morir por sus creencias. Estamos más y más acomodados en una cultura de la comodidad donde cualquier peligro o riesgo está fuera de lugar.
La mayoría de los cristianos, por supuesto, tienen algo de noción sobre el sacrificio del día a día, aunque nada en nuestra fe nos lleva a matar a otros por fines religiosos. Nuestra fe nos lleva a vivir y morir por Cristo, cuyos caminos son la justicia y la paz. ¿Es esto un reto para todos nosotros? En estos momentos he oído que dieciocho Anglicanos de la Iglesia de Pakistán fueron asesinados por extremistas durante la celebración de un culto. Nuestros corazones están con las familias de los fallecidos y les encomendamos a ellos y a sus familias a los amorosos brazos del todopoderoso Dios. Es el precio para algunos cristianos que siguen a Cristo hoy. Para los que vivimos en tierras más seguras, es nuestro deber ser mejores para seguir al Señor.
Al principio del siglo pasado, el Obispo Frank Weston, de Zanzibar, que estuvo predicando un sermón en la Universidad de Cambridge, animó a los estudiantes a ofrecer sus vidas para ser misioneros en África, y fue respondido por un estudiante diciéndole: "Seguramente yo no podría vivir en África", a lo que Weston respondió: "No le he pedido que viva allí, sino que se prepare para morir allí". Morir por Cristo era a veces una realidad para aquellos misioneros en aquellos tiempos. ¿No debemos plantearnos cuál es el elemento de sacrificio para el Cristianismo moderno? Si nuestra disciplina no toma la forma de un sufrimiento directo por Cristo, entonces quizá debamos trabajar más en formas que sean sacrificadas y que pudieran conducir a un beneficio de la Iglesia y la humanidad.
De vuelta a la situación actual, mientras que intentamos reaccionar a los acontecimientos del 11 de septiembre, el mundo occidental debe despertar al hecho que el terrorismo se alimenta de realidades como las diferencias existentes entre el Este y el Oeste y de la profunda desesperación en los corazones de los refugiados en tantas partes del mundo, incluyendo Palestina, así como de la alarmante ignorancia y falta de oportunidades para los millones de niños que no tienen posibilidades de futuro. Doy gracias a Dios por nuestra Comunión, que actualmente está presente en tantas partes del mundo, donde temas de vida y muerte están conectados constantemente.
Para finalizar, todo esto me lleva a los niños y su futuro. ¿Qué tipo de mundo estamos preparando para ellos? ¿Cómo puede la alegría, la paz y el amor que aporta la Navidad ser cuna para su crecimiento como líderes de reconciliación y portadores de esperanza?
Doy gracias al Señor por esas caras jóvenes que tanto Eillen como yo hemos contemplado en cada punto de nuestra Comunión Anglicana. Este año, hemos estamos felices por su entusiasmo y alegría cuando estuvimos en Ohio, por su vitalidad cuando fuimos a Nigeria, por el valor que mostraron en Palestina y la tenacidad de su fe en Bahrain y Quatar. Mis oraciones son para que los niños sean una prioridad en nuestra misión, ministerio y vida.
Traducción oficial de la Iglesia Española Reformada Episcopal, realizada por D. Juan Manuel Osuna Piña, Secretario Diocesano.